lunes, 22 de diciembre de 2014

El interior absoluto y la comunidad de las imágenes. Ensayo sobre política existencial


La escritura de este texto tienes sus orígenes en mi estacia en Barcelona (2009-2010) donde pude conocer y disfrutar de la cercanía de Santiago López Petit, al que considero un maestro no solamente por haber pasado por sus aulas, sino por ofrecerme en sus palabras y actos una forma de vida y de pensar en la que querer vivir.
El interior absoluto y la comunidad de las imágenes
Johanna Caplliure
La película sobre-expuesta, sometida al exceso de luz, carece de contraste. En el lugar que la imagen brota, sin cese, el espacio ha adquirido la forma ensayo del pensamiento, la forma creación en la que se dice sin decir, en el que todo se ha dicho y todo está por decir; allí donde la sobreexposición lleva a la opacidad de lo visto. Por lo tanto, ya no se trata de hablar de las condiciones políticas de la imagen, sino más bien de probar una vez más -siguiendo una tradición dialéctica de las imágenes- la importancia de su composición poética, reflexiva y ensayística. El pensamiento, el lugar de la interpretación, deviene paradigma de esta política de la imagen en la que todas las imágenes del mundo son potencialmente políticas. Una vida política es la que es capaz de apropiarse de su vida un instante. Las imágenes que se determinan por su autonomía y separación del propio aparato político se declaran portadoras de un mensaje de libertad en el que no se representa a nadie, solo se presentan así mismas. Por lo tanto, ¿podemos hablar de una imagen política de lo común?, ¿podemos decir que la política de la imagen solo existe a expensas de no ser visible en su totalidad?
En este caso la preeminencia de lo visual en la obra de Samuel Beckett nos acompaña en ese atravesar los retazos convulsos de discursos atados a la definición de comunidad y la posibilidad de un encuentro con lo que nos une, si tal idea existe.
Film[1], única pieza cinematográfica de Samuel Beckett, pretende hacer visual aquella máxima del filósofo británico George Berkeley: esse est percipi. La pieza se resiste a la paráfrasis verbal, como dicen los comentaristas de la obra de Beckett, sólo quedando como banda de sonido un violento silencio que no titubea ante un imperativo Shhhh!. Por eso, acataremos el deseo del autor excepto en este sucinto comentario sobre ella para darla a conocer al lector que todavía no se ha acercado a Beckett. El cometido de traer la obra de este autor es confundir su personaje, ad nauseam, hasta rozar peligrosamente al hombre anónimo.
En Film se nos presenta un espacio totalmente irreal en que un personaje O(bject), interpretado por Buster Keaton, huye ante la inminente presencia de E(ye). E(ye) se concibe como la autopercepción, entonces es imposible que O(bject) escape de ella. Por mucho que se aleje de las otras personas, por mucho que expulse de la habitación al perro y al gato, o tape la jaula del loro o el acuario con el pez, siempre habrán ojos que le miren: los de una silla, un affiche del rey sumerio Abu, o su propio ser: E(ye).
¿Y sí O(bject) fuera entendido como ese hombre anónimo y E(ye) como una vida política, ambos presentes en la obra de Santiago López Petit? Entonces, ¿existiría una sobreexposición de lo común? ¿Es cierto que la vida política debe ser la compartida? ¿Y si es imposible? ¿Por qué creer en una política de la imagen que nos devuelve el sentido de lo común? Quizá, la fuerza indefinitoria que nos une solo se deje ver sobreexpuesta como la captura, de unos segundos, por la mirada de uno mismo: el interior absoluto.
   
Shhhhh!. Nos obliga a callarnos.
O(bject) siente que es perseguido. Todas las miradas, todos los ojos, caen sobre él. Huye azorado. Abandona la calle para, poco a poco, introducirse en una trampa ¿fatal? Tropieza. Vuelve a tropezar. La torpeza del terror se hace dueño de él.
E(ye) sigue a O(bject).
O(bject) no quiere ser observado. E(ye) se vuelca en un mirar. El interior se impone, el exterior se expone.[2]
O desea no ser.
E impone su presencia. ¿Esse est percipi?
E y O son el mismo, pero con distinto registro. O eres tú y soy yo: es el hombre anónimo. E es una vida política.
Si comenzamos con este juego persecutorio entre
O y E es precisamente porque si algo hemos presenciado en los acontecimientos de la última década a escala mundial es la persecución de una conciencia política que se hace común a todos nosotros. Una conciencia política que significa un querer vivir. Una vida política está permanentemente conectada con esa interioridad común[3] que se nos ofrece a cada uno de nosotros como una autopercepción, como posicionamiento entre el yo y lo común o como forma ontológica del ser. Un ser que se posiciona en su exterioridad bajo un continuo estado de emergencia y que se extiende hasta lo más profundo de nosotros convulsionándonos. Los hechos: conflictos armados (estado de guerra global), la crisis del capital, la pobreza, la precariedad de las vidas, y un etc que se ve acompañado del descrédito hacia la clase política, los desahucios o los levantamientos ciudadanos. Y es así como somos conscientes de que la politización no estriba en caer en la cuenta de la explotación a la que nos vemos sometidos, sino más bien por el hecho de que la propia vida sea estremecida[4]. Por lo tanto, cuando intentamos declarar la forma que nos une, nos es imposible hacerlo a través de una nomenclatura sustancial: ya no existe un sujeto social común que nos aúne bajo una identidad (pueblo), una uniformidad (masas) o el régimen capitalista postindustrial (clase obrera). Porque quizá sea el tiempo en el que se haya establecido la multitud, según indica Negri y Hardt.
Mis observaciones tomaron entonces un giro abstracto y generalizador, considerando a los transeúntes como masas, no fijándome más que en sus relaciones colectivas. Pronto, sin embargo, entré en detalles examinando con interés minucioso la innumerable variedad de figuras, trazas, aires, maneras, rasgos y accidentes.[5]
Las relaciones colectivas de estas masas se ven sujetas al carácter biopolítico de la tendencia en la que se encasilla la vida. Así, la carne de la multitud- señalan Negri y Hardt- queda aprisionada y convertida en el cuerpo del capital global, se encuentra al mismo tiempo dentro y en contra del proceso del globalización capitalista. Pero la producción biopolítica de la multitud tiende a movilizar lo que comparte en común y lo que produce en común, contra el poder imperial del capital global.[6] En esta visión de Negri y Hardt la acción histórica es expuesta en términos del materialismo marxista. En ella podemos observar cómo la vida queda sujeta al capital, pero siempre desde una abstracción de esta que devuelve la propia carne de la multitud como un producto seriado. A la demanda del ser de la multitud declaran los autores que esta manifiesta su común en su producción. [L]o informe y lo desordenado inspiran espanto. La monstruosidad de la carne no es un retorno a la naturaleza, sino una creación de la sociedad, una vida artificial[7]. Se trata, pues, de una producción biopolítica que se moldea mediante la carnosa forma del monstruo llamado multitud. Una forma que debería vincularse con la revuelta, la alteración del orden y la ruptura del flujo.
Y es tan cierto, como nos explica López Petit, que son los grandes ciclos de lucha los que se vislumbran como producciones monstruosas contra el Estado /el Capital en busca de nuevos proyectos de democratización. Luego este constructo de la multitud no es más que una banalización de la comunidad[8].
E tiene miedo de despertarle, de molestarle.[9]
Por eso, volviendo a la idea que nos importa mantener en esta lectura la comunidad-, nos llama la atención que para los autores de Imperio y Multitud no existe la paradoja entre las singularidades y lo común: la clave de esa definición es el hecho de que no existe contradicción conceptual ni real entre singularidades y comunalidad.[10] Tal vez, y releyendo a Giorgio Agamben en Negri y Hardt, la contradicción no se dé porque la multitud es ya un cualsea. Entonces, se hablaría de la vida y no de las vidas. La carne de la multitud de Negri y Hardt queda des-carnada, ha perdido la carne viva.
Tras observar la monstruosa configuración que puede tomar la multitud en resistencia y después de esclarecer la no-paradoja de su comunidad, nos introducimos en lo que para nosotros se percibe como un paradigma de la in-diferencia posicionada o la deriva que tiene la carne que ha perdido su vida política: el cualsea.
Giorgio Agamben nos presenta en La comunidad que viene una figura bastante cuestionable y de la que nos ha sido imposible deshacernos durante las lecturas cruzadas que hemos ido desarrollando sobre qué nos une. Quizás, porque pensamos que este concepto participa de una cierta bastardía o, quizás también, porque no lo hayamos entendido del todo bien. ¿”El ser que viene es el cualsea?[11] Agamben nos habla de una comunidad inesencial en que lo común a las singularidades corresponde a un atributo de dispersión en la existencia. El cualsea se debate entre lo común y lo propio, y pasa de uno a otro mediante el ethos. El mismo hábito al que aludía Negri cuando exponía el desarrollo de lo común a partir de la práctica continuada. El cualsea de Agamben nos brinda la posibilidad del ser en potencia y del ser en acto. Aunque más importante es como este cualsea" se carga la representabilidad universal de la comunidad.[12]
Lo más importante es que tiene que haber una diferencia absoluta de registro [entre E y O], reforzada por el hecho de que O se mueve y E corta. Eso es. Sí, O legato, E staccato. Ambos anormales.[13]
Entonces, siguiendo a Agamben, solo podría existir una manera de vivir la política, una forma en la que presentar el ser político de la comunidad. A saber, aquella que produce una nuda vita. Es decir, la vida política del homo sacer[14], una vida entre la inclusión y la exclusión. Según el filósofo italiano, la nuda vita corresponde con una figura del derecho romano que se sitúa fuera de la ley. Puede ser abatida en cualquier momento y, sin embargo, no se la puede sacrificar.
No obstante, la aporía que funda la nuda vita, entre la servidumbre y la libertad, se rompe en el estado de excepción en el que se convierte la vida. La propia vida se convierte en un campo de batalla contra sí. Tal vez, como aquella idea de la inmunidad dentro de la comunidad que Roberto Esposito afirma en su proyecto filosófico. Pero, ¿esta forma de vida política en la excepción no aniquila el verdadero sentir de la vida? ¿no sería la nuda vita un advenedizo cuidado de sí” que estableciéndose en los márgenes nunca sucumbe al piélago del querer vivir? ¿Acaso no es la neutralidad de ese cualsea o de esa nuda vita la que problematiza esta cuestión al escindir la vida de lo que la completa: la existencia? La vida se hace abstracta y deja de pertenecernos. La nuda vita vacía la vida de vida. Así, sólo nos queda una vida rota que es atravesada por el querer vivir.
La fórmula que Santiago López Petit nos ofrece en su pensamiento sobre el hombre anónimo se construye como fuerza del querer vivir que no es otra cosa que la recuperación de la vida de uno y, por tanto, el desarrollo de una vida plena. Frente a un nihilismo existencialista en el que la vida se pierde en cada pulsión, la rabia del querer vivir hace de este arranque una lucha por una existencia política; es decir, como ser en este mundo.

O odia su vida. E es el odio libre. Fin de la inocencia de un ojo lacerado, porque a partir de ahora viviré sin estar viviendo.[15]
La solución de la comunidad de Agamben en torno a la exclusión incluyente, nos aboca a la constante impugnación del yo y de la comunidad. La in-diferencia de la nuda vita la hace una vida neutra. La ambivalencia del querer vivir es la única salida. Soy una contracción de la ambivalencia[16], dice López Petit. La forma aporística es la que moviliza la vida y, por tanto, nuestro querer vivir se convierte en desafío. El ser busca, no ser reconocido, sino ser impugnado: va, para existir, hacia lo otro que lo impugna y a veces lo niega, con el fin de que no comience a ser sino en esa privación que lo hace consciente (ese es el origen de la conciencia) de la imposibilidad de ser él mismo, de insistir como ipse o, si se quiere, como individuo separado[17].

O irrita, E repugna. Producen odio.
Vuelve a tropezar. Pero, otra vez se encuentra consigo mismo.
La vida se venga
de la vida.
Acercándonos al célebre texto de Maurice Blanchot, La comunidad inconfesable, advertimos que la comunidad (literaria) converge en un espacio casi místico donde el misterio de los fieles al abandono sin límite, a la embriaguez sin confín ni lógica, se expresa en una comunicación nocturna, un decir en la oscuridad y al oído del amante, una imposible forma de unirse con el otro con el que se comparte esa noche del ebrio destino. No podemos deshacernos del tiempo dispensador que vence a la comunidad a través de los espaciamientos del querer vivir: los lugares propios entre la soledad y la comunidad. Puesto que la opacidad de la comunidad es su fuerza[18]. Una comunidad que vive al amparo de la oscuridad de la noche, en el anonimato del amante que nunca puede amar: estaría muerto sin vida previa a la que morir, sin conocimiento alguno de morir a vida alguna[19]. El anonimato es ser desconocido y ser ocultamente.El hombre anónimo no tiene nombre pero no porque sea indeterminado, sino justamente porque su determinación es tan fuerte que la mantiene bajo secreto[20].Su mayor secreto es la vida.[21]
O ya no tiene miedo. E ha liberado al querer vivir de la vida.
Lo que nos une es el querer vivir: yo no estoy sólo con mi vida[22]. Porque [v]ivir consiste en conjugar, día tras día, el verbo querer vivir. Únicamente[23]. El querer vivir como desafío, como acto de sabotaje de la vida, interrumpe en esta como gesto político radical.
Así la comunidad resiste en la ambivalencia, al igual que la imagen. Solo es posible hablar de una política de la imagen ambivalente que es capaz de sabotear todo el aparato visual para presentarse y mostrarse sin ambages ni discursos que la politicen. Puesto que en la imagen ya vive una existencia política.

O se dirige al querer vivir. El odio a E (odio libre) se transforma en el querer vivir.
Ahora O y E son un estar-juntos. El retorno a la vida les hace uno.
He clavado una estaca en su único ojo. El querer vivir atraviesa la palabra tautológica dejando un rastro de paradojas muertas. Ya no espera nada ¿porqué lo espera todo?[24]




[1] Film, de Samuel Beckett, fue la primera y única obra cinematográfica del escritor irlandés. Aun realizando serie de televisión e intentos de teatro filmado. Esta es la única que realmente puede considerarse, incluso por el propio artista, bajo esta idea. Como tal, Film fue ideada como una obra visual, donde lo que sobreabunda es la expresión de los objetos para la captación del ojo. Para poder ver la película, en un formato on line, visitar la web del MACBA:
http://www.macba.cat/media/beckett/

[2] Notas extraídas de una conversación de Beckett con su director, el director de fotografía y el productor de Film, en “Sobre Film” recogido en el catálogo editado a propósito del ciclo de cine sobre el autor: Samuel Becket. Obra para cine y televisión, Cortés, D., y Viejo, B., Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2006, pg. 60
[3] López Petit, S. Amar y pensar. El odio de querer vivir, Barcelona, Bellaterra, 2005, p.12
[4] Íbid.12
[5] Poe, E.A.,”El hombre de la multitud” en Narraciones extraordinarias, Madrid, Valdemar, 2004, p. 107. A falta de la traducción de Julio Cortazar hemos usado en su lugar la traducción de Mauro Armiño. El fragmento empleado no distorsiona el original.
[6] Negri, A. y Hardt, M., Multitud, Barcelona, Debate, 2004, p. 129
[7]Íbid. 228
[8] “La banalización más corriente de la comunidad es la llevada a cabo por el discurso legitimador de la democracia”. López Petit, S. Amar y pensar. El odio de querer vivir, Barcelona, Bellaterrra, 2005, p.50.
[9] “Sobre Film” en Samuel Becket. Obra para cine y televisión, Cortés, D., y Viejo, B., Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2006, pg. 60.
[10]Negri, A. y Hardt, M., Multitud, Barcelona, Debate, 2004, p. 133.
[11] “[E]l ser tal que, sea cual sea, importa” Agamben, G., La comunidad que viene, Valencia, Pre- textos, 1996, p. 9.
[12] “Frente a la hipócrita ficción del singular, que en nuestra cultura sirve sólo para garantizar su universal representabilidad, la Badaliya opone una incondicionada posibilidad de sustitución, sin representantes ni representación posibles, una comunidad absolutamente irrepresentable.” Íbid. 21.
[13]“Sobre Film” en Samuel Becket. Obra para cine y televisión, Cortés, D., y Viejo, B., Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2006, pg. 61
[14] “[P]orque todos somos virtualmente homines sacri”. Agamben, G., Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pre-Textos, 1998, p. 147.
[15] López Petit, S., Amar y pensar. El odio de vivir, Barcelona, Bellaterra, 2005, p. 63
[16] íbid. 23.
[17]Blanchot, M., La comunidad inconfesable, Madrid, Arena, 1989, p. 22
[18]López Petit, S. Amar y pensar. El odio de vivir, Barcelona, Bellaterra, 2005, p. 53
[19] Duras, M., El mal de la muerte, Barcelona, Tusquets,1984, p.23
[20]López Petit, S. Horror Vacui. La travesía de la Noche del Siglo, Madrid, Siglo XXI, 1996, p. 28
[21]“La vida, “mi” vida, más allá de campo de batalla se convierte en lugar de resistencia”. “El sí mismo morada del querer vivir” López Petit, S. El infinito y la nada. El querer vivir como desafío, Barcelona, Bellaterra, 2003, p.164 y 165 correspondientemente.

[22]López Petit, S. Amar y pensar. El odio de vivir, Barcelona, Bellaterra, 2005, p. 49
[23]Íbid.25
[24]Íbid. 88


miércoles, 17 de diciembre de 2014

“EL AULA INVERTIDA. Estrategias pedagógicas y prácticas artísticas desde la diversidad sexual”. Edición del libro

“EL AULA INVERTIDA. Estrategias pedagógicas y prácticas artísticas desde la diversidad sexual”.
Edición del libro del grupo Fidex con motivo de la exposición "EL AULA INVERTIDA" en la Fundación La Posta. Del 13 de noviembre al 13 de diciembre de 2014.

El libro se puede descargar en el siguiente link.
 



Además, incluyo el texto de la video-presentación de la publicación que se realizó el 11 de diciembre de 2014.

"Hola, un saludo a todas.
Para esta presentación no presencial he escrito unas líneas que me permito leer a continuación.

Gracias por contar conmigo en este proyecto liderado por el grupo FIDEX a María Tinoco, la comisaria y a la Fundación LaPosta y, por supuesto, en la edición de esta publicación hija de su tiempo. Un libro hecho en su tiempo y para su tiempo. ¿Qué quiero decir con esto? En ocasiones los pensadores, investigadores y críticos culturales nos preguntamos por el devenir de una idea, una reflexión, una obra o una manifestación determinada. Nos demandamos si tiene sentido en nuestro tiempo, si es aventajada, si ha quedado obseleta o demodé, pertinente a la moda de un cierto momento o tendencia. Pensamos en cómo ha envejecido, creyendo que el paso del tiempo y de la Historia hace que este producto cultural cambie junto con la mirada de la generación que la lee.
En otras ocasiones consideramos la perennidad de las ideas, como algo ab eterno, sin condicionamientos: hablamos de la obra de arte universal, la obra maestra, parece no cambiar en cualquier tiempo y situación. Y, sin emabargo, la postmodernidad en la que nos hemos criado algunas nos incita a pensar en cierta relatividad, en cierto deseo de consumo, mutabilidad, celeridad del paso del tiempo y obsolescencia de los objetos que nos rodean hasta llegar incluso al sentido de nuestras vidas y, por tanto, nos hace pensar también en un conocimiento situado. O, quizá, en la situación del conocimiento.

Este libro, sus textos, sus impulsos creadores, sus pulsiones desiderativas y sus reflexiones no podrían haber tenido lugar en otro momento ni anterior ni posterior. Heredera de las luchas feministas y homosexuales, de los compromisos políticos de colectivos, agenciamientos y sujetos empoderados, es significativa de un tiempo en el que las libertades, al menos en Occidente, se han podido extender a los discursos y prácticas para habitar el cuerpo, tu cuerpo, mi cuerpo. Un cuerpo otro. Como decía en una época anterior este libro no habría tenido cabida,  ha sido necesario un tiempo y una historia de lucha para que hoy día el cuerpo de un sujeto y el sujeto de un cuerpo pueda vivir en toda su potencia inextingible. En una época en el que un artista puede cuestionar la verdad del saber, de los discursos de conocimiento y de poder, que un profesor puede hablar abiertamente de su sexualidad y animar a sus alumnos al “Sapere aude” destronando la raíz del tiempo de las Luces sin ser procesado por “corromper a la juventud”.
Pero este libro tampoco es de un tiempo venidero, puesto que en una cierta esperanza algo aterrada, todos los que nos fijamos y vivimos estas cuestiones en nuestros cuerpos y discursos y prácticas, lo que deseamos es que este sea un tiempo para un futuro mejor, que sea nuestra herencia para un momento más dispuesto a que las diásporas mantengan su vida y obra en la nuclear figura del exceso que no es otra que la de un cuerpo político en continuo intercambio y sin desenlace.

El pensar en la relevancia de un libro temporal, expuesto a un tiempo actual y preveer su ocaso no es en absoluto una idea negativa.

Nuestras miras, la de este libro, la de estos artistas, maestros y activistas: Daniel Tejero Olivares (Director de FIDEX), O.R.G.I.A: Carmen G. Muriana, Tatiana Sentamans, Bea Higón y Sabela Dopazo, Juan Francisco Martínez Gómez de Albacete, Imma Mengual, Javi Moreno, Raquel Puerta Varó, Lourdes Santamaría Blasco, David Vila y Mª José Zanón Cuenca, y las mías propias como investigadora de las identidades en diáspora, nómadas, marginales, transgresoras y transgredidas, son las de preparar un espacio provisional para la vida en su magnitud y en su forma más inexplicable pero inextricable a su esencia: el deborarse en su finitud y en su disposición hacia la totalidad. Es decir, en ser todo y nada en todo momento.
Una forma de vida solo entendible en su situación o acontecimiento. Un cuerpo y una vida dispuesta a lo que acontece, pero también a lo que se acontece en sí misma: en sus deseos, en su vida soñada, proyectada y desobrada. En esa imposibiidad de realizarse en lo irrealizable. Puesto que solo en lo revocable adquiere su poder para luchar con las fuerzas de las tendencias y así impresionar sus inclinaciones en la dulzura de un cuerpo dócil, pero potencialmente disconforme.
Por eso, de nuevo, insisto en esta hija, publicación de nuestro tiempo y cuerpo abierto a ser escrito ayer, leído hoy  y reescrito mañana. 
Deseo que esta publicación alcance la lectura de muchas y que sea reescrita en el tiempo de nuestro cuerpo.
Johanna Caplliure" 

lunes, 17 de noviembre de 2014

A pleno sol o bajo un flash cegador



Texto para el catálogo de la exposición: Coup de soleil de Cuqui Guillém.
Las Cigarreras, Alicante.
7 de noviembre 2014


A pleno sol o bajo un flash cegador.

“Me he preguntado a menudo qué ocurre después con esas nínfulas. En este mundo hecho de hierro forjado, de causas y efectos entrecruzados, ¿podría ser que el oculto latido que les robé no afectara su futuro? Yo la había poseído, y ella nunca lo supo. Muy bien. Pero, ¿eso no habría de descubrirse en el futuro? Implicando su imagen en mi voluptuosidad, ¿no interfería yo su destino? ¡Oh, fuente de grande y terrible obsesión!”. Nabokov, Lolita.

Antes de que Humbert conociera los terribles deleites que le ocasionarían su obsesión por Lolita, ya deliraba con la imagen de jóvenes de párvula apariencia y ansiosa boca, nínfulas como él las llamaba por su parentesco con las ninfas en su forma de criatura no-humana. Sin embargo, esa excitación por la obsesión de la niña, de la “lolita” se truncaría en la exuberancia de un cuerpo de registro ardoroso como es el de una femme fatale en la representación del universo de Cuqui Guillén; no tanto en la perversidad de una dama del cine negro, en cuanto a una poderosa fémina moderna. De hecho, la primera imagen que nos vendría a la mente sería aquella de su primera serie en solitario -en ese volver a empezar que siempre es tomar un lienzo: El encuentro del destino (2004), Escuchando los sueños (2005) o Entre burbujas (2006), pero, también, en la última serie de 2014 donde la exuberancia de las mujeres se combina con algunos juguetes, marcas conocidas (La Pitusa o Cola-Cao) o el gato chino de la fortuna. En estas obras “ella” se ofrece como un fruto maduro y sofisticado. La nueva diosa engulle a la niña. O, al menos, la desplaza a otro nivel de enloquecimiento sexual. La imagen de la mujer en la publicidad siempre ha poseído el punctum, según remarcaría Roland Barthes sobre la fotografía, que hace que la lente ocular desorbite in extremis hacia una fantasía compulsiva que testimonia esa punzada del deseo. Un deseo de querencia equiparable al del viejo profesor Humbert.

Así pues, la imagen femenina de la mujer en la prensa, el cine y la publicidad se cimienta como un imaginario de mujer dulce, bella, sensual, “dispuesta a”, “voluntariosa para”, perfecta anfitriona y madre, pero también carismática luz de estrella de la RKO, la Metro o la Universal. Quizá al describirla, esa mujer de aire retro que pincela Guillén, parezca extraída de una revista antigua de los años 40, 50 y 60 o, también, de un cartel de postguerra y, por supuesto, de una valla o un anuncio publicitario. Y así es cierto. Su búsqueda insaciable por un imaginario compartido que mece la niñez, la belle époque, los años dorados de Hollywood (como en Perlas negras, 2006 y Cosas que perdemos, 2007) es la que incita constantemente la creación de una imagen más compleja y connotada con nuevos significados pop. A veces, esta imagen de mujer entroncaría igualmente con un deslizamiento hacia la chica de calendario. Una Betty Page, como en el tríptico de 2009-10: Vacaciones culturales, esperando que el sol cubra su piel con el calor de un verano sin fin.



Cuqui Guillén pinta en la luz de ese fin d’été, “Capri, c’est fini” o un verano con Pauline (mágica rodilla de niña) en la que la estación vacacional explota, hace “pop” en un momento vivido y existente para siempre en la memoria y cuyo fin de temporada nunca tendrá lugar. Y es cierto que las bellas chicas, mujeres irreverentes, pin-ups, jóvenes pizpiretas que Cuqui Guillén ha ido incorporando a cada una de sus pinturas exaltan un halo de ingenuo espejismo para la mirada desatada del voyeur faunúnculo -siguiendo la verborrea del viejo Humbert. Sus mujeres simulan un perfecto imaginario masculino al alimón con la objetualización de esta por la composición publicitaria, la TV y el cine e, incluso, la literatura de la primera parte del siglo XX. Pero, en realidad, en ellas se envanece una forma irrecuperable y que, sin embargo, presumiría de cierta hermandad con la figura de la mujer libre de las últimas décadas del mismo siglo. A saber: una mujer que en su picardía y sensualidad se convierte en dueña de su propia imagen. Imagen desbordada de la mujer por su erótica y fuerza inabarcable que vence el límite del marco y salta la frontera de la imaginación. El ataque de una mujer de 50 pies que devasta la ciudad del pensamiento “right”, recto y convencional. Una mujer que sale del cuadro en su soberbia dimensión.

No obstante, cuando observamos el objeto de deseo “mujer” evocamos su desdoblamiento en el producto de venta y a su vez en el objeto artístico. Este hecho Pop se extrapola en el trabajo de Guillén a una emoción de memoralia donde las imágenes comerciales y populares, la alta y baja cultura se exponen con el gozo de recuperar un tiempo compartido de aromas de jabón y flan de vainilla. El Pop de Cuqui Guillén se instauraría en esa forma de la tradición estadounidense en la que se podía detectar la preconización del fin del arte – haciendo uso de las ideas de Arthur C. Danto- como un indicador notable de las necesidades que comenzaron a labrarse desde las vanguardias por parte de los artistas como ruptura con las formas académicas y como rebelión frente las instituciones de poder. Es decir, la asimilación del tándem vida-arte es comprendido como ecuación de profundización en lo social, permitiendo a la artista trabajar desde lugares de la cultura que no parecían predispuestos para ello: el cine, la publicidad, las mercancías de consumo, las nuevas formas de fabricación masiva e incluso los periódicos, las revistas, la moda o el diseño de producto. Un arte que siempre ha sido entendido como creación del presente: This is now, rezaba la exposición pop de la Whitechapel (Londres, 1956) y que hoy encarna nuestra artista.
En el momento en el que el arte llega a ser indiscernible de la realidad, se confunde con ella -a través de la acción paradójica del Pop- se desplaza el objeto de su ensimismación propia del ámbito doméstico a su recomposición en lo Real; construyendo “vívidas expresiones de realidad” tal como dijese Simon Wilson u observándose en Le Gran seducteur II (2010) en el que la botella del Tío Pepe o la niña de los tintes Iberia (Carne de seda y miel, 2005) o las cremas de Avon junto al flan Royal (Avon Royal, 2010) se infiltran en nuestra visión como un icono de realidad. 



Sin embargo, décadas después del conocido Pop o Nuevo Realismo, podríamos hallarnos frente a una nueva fuente de dilemas cuando observando la obra de Cuqui Guillén nos demandamos cómo la reproducción de imágenes, en el Pop Art y en las formas de un nuevo Pop, pueden representar el imaginario de la cultura contemporánea. En el caso de nuestra artista, estamos abordando una nueva construcción del Pop entendido como objeto de una serie de productos para la memoria. Por eso, en muchas ocasiones, su trabajo ha sido definido como un pop nostálgico, puesto que hace de las emociones del recuerdo algo capital. Nos daría respuesta a aquella pregunta sobre el devenir de las imágenes deseadas- pregunta de Humbert, también-, aquellas que poseímos una vez y que después anduvieron a la deriva esperando ser capturadas de nuevo por una mirada vampírica.
De esta manera, Cuqui Guillén ingresaría en un Nuevo Realismo Nostálgico en el que las imágenes nos conducen a un lugar de bienestar, alegría y ternura; como en Flores de azafrán o Mamá, me encanta el yogur donde la dedicatoria o el recuerdo se ofrece a una persona querida: su abuela y su madre o su bebé. Y, así, da forma al sueño cercano en el que la luz del sol nos anima a bailar un rock o un twist, donde el golpe de un flash de los paparazzi parece congelar el verano en un lugar llamado pop.


sábado, 15 de noviembre de 2014

Scaramouche o la mascarada fatal



Texto con motivo de la exposición de Mavi Escamilla Yo no soy esa para la edición de una caja con 13 postales en color creadas por la artista para la exposición. (tirada de 50)
Mavi Escamilla
Yo no soy esa
07/11/14-19/12/14
Galería Rosa Santos 
 
 

Scaramouche o la mascarada fatal.
Johanna Caplliure

Como bien es conocido, el desarrollo artístico es circunstancial y se ve sometido a una serie de factores externos en los que el monopolio de opinión, tendencia, tradiciones e intereses hacen que prevalezcan unas formas sobre otras. Estas inclinaciones ideológicas son las que propagan ciertas ideas sobre otras nutriendo el arte. En el caso de la pintura occidental europea el logro se ve perpetuado a través del desnudo femenino y la correspondiente condescendencia de una mujer representada como Musa del Monte Parnaso, diosas, vírgenes, monjas y santas o la madre de Dios, damas de la corte, señoras burguesas y mozas bobas. En todas ellas se observa sus figuras volátiles y airosas, delicadas y sosas, seductoras veladas, desnudas o acicaladas del mocasín a la peineta, engalanadas con oropeles que  más pesados eslabones son de una servidumbre no voluntaria. Esta cristalización de ideas, imágenes y verdades en museos, libros y hogares únicamente nos desvela una verdad: Yo no soy esa.

Recelosos son los senderos del arte que no son otros que los de nuestros magnánimos “hombres a pincel”, como atestigua Mavi Escamilla sobre los pintores clásicos, y en los que el sistema del arte se ve vencido por el mainstream masculino. Aunque también es cierto que no imagino a Escamilla asumiendo, como emisaria de las políticas de género, ser la más Gorila de la Guerrilla en el “museo igualitario”. De hecho, la osadía de Mavi Escamilla es superar todo agravio mediante una máscara burlona como la de los zanni de la Commedia dell’Arte. Si bien ella se prende una máscara de lucha mexicana, la mofa a las damas de caballete y a los “hombres a pincel” es la de una Scaramouche. Su máscara de la risa es inquietante y carnavalesca: mediante su intervención estocadas da sobre la representación. Clava el hierro atinando en cada imagen, trayéndolas a la subversión. La tajante afilada tiende a una escaramuza. Desventuradas aquellas que nacieron bajo el signo de Venus porque ellas tendrán que hacer de su rostro una máscara de lucha.

La máscara, al igual que la parodia, acierta a encumbrar las dotes de la irresponsabilidad al esconder en el anonimato el ataque. No dar la cara, sino la máscara. Un rostro más que muda en el fingir siniestro.
“Trágico, a fuer de ser grotesco,
Sale Pierrot haciendo zumba.
En su rostro carnavalesco
Hay una mueca de ultratumba”.[1]
En el juego del rostro escondido de Escamilla se camufla el ansia de la boba dama. La dama boba que a ratos viste la máscara haciendo de ella la quiebra. Toda ella se esconde en una estrategia de simulaciones donde se descubre a sí misma sin disfraz en la mascarada fatal.





[1] Valle-Inclán, R., La Marquesa Rosalinda, Madrid, Espasa-Calpe, 1973, p. 105.