viernes, 14 de febrero de 2014

El fin de los días gloriosos






Texto para la obra de Mavi Escamilla, Señora B,  en el catálogo de la 12ª Biennal Martínez Guerricabeitia.
Avaritia omnium malorum radix Valencia, Fundació General de la Universitat de València, 2014.
Exposición: Del 13 de febrero de 2014 al 30 de marzo de 2014. La Nau, Centro Cultural. Sala Academia.

El fin de los días gloriosos.  
Johanna Caplliure

En un tiempo convulso, afectado y abatido por las guerras, la caída del sistema capitalista, los enfrentamientos identitarios y la crisis de los valores, el mundo ha dejado de tener sentido. La narración de nuestra época solo puede hablarnos de ese “desajuste del mundo” sobre el que escribía su obra Amin Maalouf bajo el homónimo título. El desajuste en las medidas de equilibrio y de sostenibilidad llevan consigo la marca de la diferencia.
En el horizonte se dibuja una balanza que bascula hacia el poder y las posesiones, mientras se eleva el platillo de la pobreza y la falta de eticidad hacia la levedad. Ahora bien, los avezados en historia del poder y economía nos dirán que la balanza dibujada siempre ha pertenecido al esquema de supervivencia humana. Igualmente tendrán que confesar que la “mano invisible” que ajustaba la balanza ha desaparecido cuando el Capital ha impregnado cada poro de la epidermis social colocando el poder en el centro de la vida. La vida ha quedado desprendida de todo su valor y es sometida y embebida en el poder, así argüía Michel Foucault con el análisis del aparato biopolítico al que Giorgio Agamben añadía el germen de la nuda vita. He aquí el desbaratamiento del mundo actual: nuestra vida queda a la intemperie.

El poder y el Capital han ido de la mano en las alegrías y penurias de esta última época de nuestra historia. La comunión entre ambos atrae la idea de avaricia. En la avaricia descansa todos los deseos de posesión ya sean estos materiales o espirituales: ora la conquista de las tierras y de las culturas, ora la especulación de los terrenos y de las vidas. En una mercantilización de los “objetos” poseídos (personas, naciones o riquezas) el intercambio de estos es la clave de la acción capitalista y pecuniaria de la actualidad. Hoy no se venden esclavos, pero se especula con los empleos, con los ERE y con los desahucios. Hoy la avaricia va envuelta en un sobre que se posa en la palma de la mano.

Bajo esta idea, la avaricia es portadora de miseria y riqueza a un mismo tiempo. Si repensamos un proverbio de resonancia sufí, existen cuatro tipos de riqueza; de los cuales el hombre occidental únicamente conoce uno: la riqueza material. Este es el nivel más bajo y efímero de riqueza para el pueblo africano donde tiene origen este pensamiento. En todo caso es una idea que en occidente pervive en otras formas hasta la actualidad.

Si fijamos la mirada en la Señora B, observamos que Mavi Escamilla trae a nuestra mente todas las ideas de ostentación, pompa, esplendor y grandeza. Y también, las de despilfarro, apariencia o decadencia, así como las de transitoriedad o fugacidad de la vida. Escamilla porta la imagen del poder histórico tradicional: un personaje perteneciente a una de las casas reales europeas más antiguas. Se trata de la reina Isabel II de la corte británica. De hecho, en nuestro imaginario occidental siempre evocamos la imagen de la riqueza con la de un monarca sátrapa ataviado con ricos ropajes y piedras preciosas, sentado en un trono con los símbolos de poder en una lujosa estancia de su palacio. Igualmente que en un juego de rapidez mental, Mavi Escamilla asume esa imagen colectiva a la opulencia monárquica. La reina Isabel II se inviste como depositaria y garante del poder procurado generación tras generación de monarcas despóticos a la sazón y que hoy día mantiene su corolario en la casta política bajo el dirigismo capitalista. La elección de la monarca por nuestra artista es pues de gran acierto. Isabel II  ha vivido a caballo entre dos épocas: por un lado, es la heredera del imperio eurocéntrico por excelencia y por otro lado, es el ejemplo de la supervivencia de la monarquía en el siglo XXI. Pero, adentrémonos a la figuración que Escamilla hace de la reina.

Conjurar la gloria que su majestad pierde en cada carcajada sardónica es la empresa más trabajosa en su acción cosmética. El maquillaje con el que pinta la máscara del “todo va bien” ya no fluye por la faz de los gobernantes de imperios y estados. El polvo de los pigmentos y la crema oleosa con la que confeccionan los afeites se intoxica en contacto con la piel de reptil, venenosa y homicida, piel del reptil político. El rostro de Isabel II se recubre con la máscara de la muerte, como si de un lienzo barroco se tratase. Al observar la obra de Mavi Escamilla no ceso de recordar las maravillosas obras de nuestro Barroco español y la crítica que estas pinturas representaban: no solo como espacio de reflexión existencial, sino como ataque a los excesos del siglo. Escamilla rescata el vanitas revisitado desde el siglo XXI. Aquí la muerte burlona vampiriza el cuerpo de su Majestad y ya no es la mensajera que presagia el tempus fugit sobre las riquezas y bondades de la vida y, por tanto, su caducidad; más bien, su Majestad está remarcando que hemos perdido la partida: Game Over.

Hoy día solo existe un único Imperio. La época postcapitalista inaugurada en estas últimas décadas pone de manifiesto que hay algo que se ha roto en el sistema y que todos lo tenemos que pagar. ¿Todos? Pero ¿cuándo vamos a escuchar ese “You break it, you own it”- “Si lo rompes, lo pagas” en su versión castellana- con la casta política? Todos estamos pagando con medidas draconianas el exceso de avaricia de algunos, el abuso de poder con las corruptelas de políticos, bancos, inmobiliarias y familiares que bajo la égida de su “parentesco” han obliterado que había que ajustar la balanza para que todo fuera más justo. Ahora, el cráneo que ha sustituido el rostro de Isabel, a secas, no deja de castañetear los dientes en risas, en gloriosas risas de fin.

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